El proverbio dice que la cara es el reflejo del alma … Pero nuestra época y sus nuevas prácticas, ¿desafiarán al proverbio?

En nuestras pantallas o en otros lugares, la cara se ha vuelto capital. Ya sea selfie, con filtro, modificado o compartido, cuestiona nuestras identidades a través de nuevos usos digitales, estéticos y simbólicos.

Cara a cara: la primera herramienta de comunicación

La cara es nuestro medio más preciado y complejo, el que se comunica conscientemente, pero también el que deja ver sin querer. Una herramienta esencial y, a veces, nuestro punto débil. Precisamente por esta fuerza expresiva se ha vuelto tan importante hoy.

En nuestros mundos de comunicación, la cara ha sido durante mucho tiempo sinónimo de confianza y tranquilidad. Una cara sonriente que le permite afirmar y desempeñar el papel de una garantía más o menos imaginaria con la marca. Ya sea el de la musa o el agricultor, la cara en la comunicación o en los packagings es la oportunidad de humanizar o dar una personalidad a un producto o marca. Se utiliza por su lado auténtico (se supone que se opone a los actores de publicidad) pero también por su función de estereotipo y asociación inmediata con tal calidad, tal sensación o sabor que permite construir una segmentación simple y efectiva.

La cara está en todas partes porque es simple y rápida de reconocer y decodificar. Lo que es menos habitual para nosotros es la confrontación directa, primer plano, donde la cara ocupa todo el espacio. Ya sea conocido o desconocido, cuando una persona «presta» su rostro a un anuncio, esta proximidad provoca, avergüenza, hace reaccionar. De cerca y de lejos, la cara tiene un poder simbólico y emocional que es particularmente útil para nosotros y para las marcas.

Digital: era emocional y narcisista

Si bien la comunicación escrita había dejado de lado nuestras expresiones faciales y corporales, ahora ha surgido lo digital … y con ello la necesidad natural de recrear signos y emociones para completar la acción. En nuestras conversaciones diarias, rápidamente encontramos, en las palabras, expresión insuficiente, falta de alma o subjetividad. La escritura, en su forma más simple, deja espacio para la interpretación y, por lo tanto, potencialmente a la inquietud, a los malentendidos… 🙁 Para algunos, nuestros signos de puntuación ya no son suficientes. Un texto sin emojis se vuelve suave, frío, incluso agresivo y nos pone en una situación de dependencia de la hiper-expresividad.

Las redes sociales han provocado la era del narcisismo y la emoción. Snapchat se abre con su cámara directamente sobre ti, Facebook cambió su pulgar por reacciones más variadas y establece animojis y memojis en nuestra imagen. Otras aplicaciones como FaceApp o el rey del deepfake chino Zao ofrecen entretenimiento gratuito, el de ser envejecido, rejuvenecido o incrustado como el héroe de nuestra película favorita. Pero detrás del placer narcisista de ser modificado, mejorado o retocado, surgen rápidamente preguntas y desconfianza sobre el futuro de nuestros rostros. ¿No podrían convertirse rápidamente en moneda y datos utilizados a pesar de nuestra voluntad?

Identidades futuras: alterar, proteger, sublimar

Al modificar nuestras funciones, muchos de los filtros Snapchat y otros juegan en nuestras percepciones de lo bello, aunque el retoque de los cuerpos en Photoshop estaba en camino de disminuir… Entonces, después del #nofiltro, el retorno a la naturaleza y a los “defectos” asumidos, la nueva tendencia en Instagram es cambiante, futurista y surrealista. Los usuarios toman el poder y crean sus propios filtros y, con ellos, una nueva estética contra la norma.

Con el uso excesivo digital de la cara, redescubrimos su carácter sagrado e íntimo. El reconocimiento facial plantea la cuestión del derecho al anonimato y la libertad. Pero de esta desconfianza nace una nueva creatividad que utiliza el diseño para esconderse o distorsionarse. Ya se trate de aplicaciones, objetos, joyas o técnicas de maquillaje, la cara se convierte en un activo valioso a proteger. Este nuevo arte de codificar conduce poéticamente a proteger, cuestionar y sublimar nuestras identidades frágiles.