Es evidente que los problemas ambientales están influyendo cada vez más en nuestro estilo de vida y en nuestro consumo. En la vida cotidiana, los compromisos por el clima ganan visibilidad: en la calle o en el hogar, la emergencia climática ya no se percibe como un asunto público y anónimo, sino que irrumpe en nuestros hábitos y actitudes más personales. ¿Cómo se manifiesta este despertar de la conciencia en el día a día?

Para abordar la cuestión, hemos examinado el concepto de climatarian. Ya en 2015, la palabra había sido consagrada por el New York Times en su lista de «food-words» del año, definiendo una dieta muy particular. El climatarian es el que, mediante una regulación de su alimentación, intenta disminuir su impacto ecológico con la finalidad de mitigar el cambio climático. Sin reducir su alimentación, consume de todo, pero cambia sus prácticas: prioriza el cerdo y el pollo frente a la carne de vacuno, la pesca sostenible, los productos locales, la estacionalidad, evita los congelados, impide el despilfarro…

Si la dieta es el primer pilar en ser cuestionado, en última instancia es todo un conjunto de hábitos de compra, de consumo, de organización que cambian. Si bien en aquel momento el término parecía una tendencia más cercana a la alimentación vegetariana, flexiteriana y reduccionista, actualmente estos hábitos parecen tener sentido en la evolución de las prácticas y de las mentalidades. ¿Empezar por pequeñas actitudes cotidianas para cambiar el mundo es una cuestión de sentido común?

Para identificar cómo la búsqueda de la huella de carbono cero altera nuestros hábitos e incluso el diseño de los productos que nos rodean, repasemos el recorrido del perfecto climatariano: desde el momento en que sale de compras, al volver a casa y organizar la cocina o el baño, hasta su consumo on-the-go fuera del hogar. Porque entre exterior e interior, el compromiso personal se construye también sobre una cuestión de visibilidad: desde la intimidad de nuestros hogares hasta nuestras cualidades como buenos ciudadanos del mundo exhibidas en sociedad, el desafío del compromiso es mostrar, tanto para convertir a sus semejantes como para auto-tranquilizarse sobre su buena conducta.

El comprador climatarian

Lo ideal sería ir de compras al huerto y recoger lo que se necesita respetando el ritmo de las estaciones. En la realidad, los supermercados son un poco más prácticos. Pero para reducir su huella de carbono en el momento de la compra, primero pensamos en bolsa reutilizable y no en bolsa de plástico. En Canadá, la tienda de comestibles East West Market incluso encontró su propia técnica de «plastic-shaming»: bolsas de plástico con mensajes embarazosos.

Las bolsas reutilizables no son una novedad, pero las tendencias varían: van desde el clásico totebag (con o sin publicidad) hasta la bolsa de red que lleva el tema de la visibilidad y de la transparencia aún más lejos.

Los compromisos ecológicos tienen también un impacto en la estética de los lineales: graneles, productos ecológicos y locales, pizarras, cajas, precios escritos a mano… un espíritu de mercado alternativo que llega incluso a la gran distribución.

Al elegir el producto, la atención se centra sobre el packaging: éste debe ser reciclable, minimalista, transparente… A pequeña o gran escala, tanto para la alimentación como para la belleza y el hogar, los envases son revisados y reinventados para reducir el impacto y el desperdicio.

#fridgegoals

Cuando llegamos a casa es hora de organizar la despensa. La conservación ocupa entonces un lugar importante: adiós packaging, aluminio o film de plástico, el producto va en frascos de vidrio cuyo aspecto funcional se une a la estética cuando éstos se acomodan perfectamente en los estantes y en los cajones. A medio camino entre la despensa superviviente y el interiorismo ultraordenado de Marie Kondo, este arte de almacenaje minimalista y sin logotipos deja a las marcas fuera de juego pero reúne a una comunidad creciente en las redes.

Higiene « zero waste »

En el baño, las cosas también cambian: los jabones sólidos sustituyen a los champús y geles de ducha líquidos, se abandonan las cuchillas de afeitar desechables y los tubos de pasta de dientes, e incluso en los contenedores se opta por otros materiales: corcho, madera e incluso jabón con el «soapack».

Eco-on-the-go

Conla llegada del snacking y la comida rápida, consumir responsablemente fuera decasa se convierte también en un desafío: para acabar con los envases de cartóno los vasos de plástico, se reinventan los recipientes de alimentos y bebidascon nuevos diseños.

Cambiar su alimentación, reorganizar los hábitos y el hogar ya no es una iniciativa marginal. A día de hoy el compromiso por el clima comienza con pequeños gestos y objetos cotidianos. Porque el diseño tiene también este papel: transformar nuestros hábitos proponiendo objetos tan estéticamente bellos como éticamente buenos.